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“Anoche a Joe Hill vivo soñé,
estaba tan vivo como tú y yo, y le hablé:
‘Pero Joe, si tú llevas 10 años muerto.’
‘Nunca morí, eso no es cierto.’
‘ Pero Joe, los jefes del cobre te balacearon.’
‘Eso no quiere decir que me mataron.’
Se necesita algo más que pistolas para matar a un hombre.
De San Diego a Maine, en cada molino, en cada mina,
donde los trabajadores hacen huelga y se organizan, dice él
encontrarás a Joe Colina.”
Alfred Hayes
y Earl Robinson, 1936.
Escuché esas palabras por primera vez en la gran voz del barítono-bajo afroestadounidense Paul robeson, en la iglesia bautista de Hartford Avenue de Detroit, en los años 50, y después en la voz de Pete Seeger. Las palabras me intrigaron. ¿Quién era este Joe Hill? ¿Sólo otro héroe imaginario como Johnny Appleseed o Paul Bunyan, o una persona real?
Tal como supe después, Joe Hill era, ciertamente, una persona real. Fue un trabajador itinerante que viajaba rieles arriba y rieles abajo en la Costa Oeste a principios del siglo veinte. Trabajaba como jornalero en los muelles. Fue cargador en California, ayudó a los huelguistas de los molinos de los aserraderos y luchó del lado de los revolucionarios en México. Se sumó a la unión de Trabajadores Industriales del Mundo (la IWW). Y escribió docenas de canciones “para encender las llamas del descontento”.
En 1915, Hill fue ejecutado por un pelotón de fusilamiento en Salt Lake City luego de haber sido condenado por dispararle a un dependiente en una tienda. Murió proclamando su inocencia. Desde el momento de su condena hasta su muerte, se convirtió en un ícono para los trabajadores de todas partes, y su caso desató un movimiento mundial en favor de su liberación.
El hombre que nunca murió es el título del nuevo libro de William Alder: buena investigación acuciosamente armada que produce el recuento más completo que se haya hecho hasta ahora sobre la vida de Joe Hill. Como un detective, el autor sigue el rastro de Hill desde el lugar donde nació, en Gavle, Suecia, hasta sus últimos días en Utah. Aunque el rastro de Hill se esfuma cada vez más después de que llega a Estados Unidos, en 1902, Adler recoge su pista de nuevo cuando, cuatro años después, Hill reaparece en San Francisco, durante el Gran Terremoto. Adler sigue las huellas de Hill hasta Oregon, donde se suma a los Trabajadores Industriales del Mundo y en seguida viaja a otros estados del Oeste. Ahí va encontrando inspiración para sus canciones, en huelgas y en campañas de organización sindical. Los miembros del IWW estaban practicando acciones de desobediencia civil y llenando las cárceles, rehusándose a renunciar a sus derecho a la libre expresión mientras se subían a cajones de cartón y difundían su mensaje y conducían el canto de las masas. Así como los cantos en las iglesias, las canciones sindicales inspiraban confianza y esperanza, y Hill escribió nuevas letras, usualmente de humor satírico sobre los jefes, o tonadas populares o canciones gospel. Decía que escuchar un sermón o un denso panfleto muchas veces era una lata, y que en cambio —como Adler señala—, cantar en conjunto “podía ser un instrumento finamente entonado para crear solidaridad”.
Dando la bienvenida a trabajadores nacionales como a inmigrantes por igual en sus filas, el IWW se estableció para construir “una gran unión sindical”. En Lawrence, Mass., los sindicalistas del IWW condujeron una exitosa huelga de obreras textiles en 1912. En Detroit, el IWW condujo la primera huelga automotriz en la historia de Estados unidos, en 1913, en Studebaker, una menuda jovencita de 18 años, Matilda Rabinowitz, pregonó a favor del IWW a los obreros de Ford, lo que quizás condujo a Henry Ford a instituir su salario de $5.00 al día para prevenirse de los “revoltosos” sindicalistas.
Fue durante este período que Hill hizo su traslado a Utah. Se fue a mudar con unos amigos cerca de Salt Lake City mientras buscaba trabajo. En 1914, la policía lo arrestó bajo sospecha del asesinato de un encargado de una tienda a la hora de que ésta se cerraba. Esa misma noche, Hill se había presentado en el consultorio de un doctor con una herida de bala, y la policía supuso, sin tener ninguna prueba firme, que había sido herido por un disparo hecho por el hijo del tendero. En un juicio marcado por una errónea conducta judicial y un sensacionalismo en la prensa, Hill fue declarado culpable y condenado a muerte.
Aquí, la fascinante historia de Alder da un giro hollywoodesco. En una carta que se encontró años después en un ático de Ann Arbor, Mich., una amiga de Hill, Hilda Erickson, escribe sobre acontecimientos que lo habrían exonerado. Inexplicablemente, Erickson jamás habló como testigo en el juicio. Su testimonio habría salvado la vida de Hill, pero al final ella fue una de sus enterradoras.
Hill tampoco subió al estrado. Sintió que bajo el sistema judicial estadounidense, no debía probar su inocencia, y que jamás quedaría convicto con tan débiles pruebas del Estado. Lo que es más, a medida que el movimiento mundial crecía exigiendo la liberación de Hill, pudo haberse visto a sí mismo como alguien cuyo martirio sería más ayuda para la clase trabajadora que si fuera a vivir, lo que significaba un irónico giro de la frase “mejor muerto que rojo”.
Luego de la muerte de Hill, las autoridades gubernamentales incrementaron su persecución al IWW, irrumpiendo en sus oficinas y arrestando activistas. En un extraño episodio, un oficial del servicio postal de Chicago confiscó un sobre que contenía parte de las cenizas de Hill, pues su cuerpo había sido cremado y sus cenizas habían sido enviadas por correo en sobres a sus partidarios. Las cenizas se mandaron a la Oficina de Investigación precursora de la FBI, y después se quedaron en la Biblioteca del Congreso hasta 1988, cuando fueron devueltas al IWW, de lo cual informó en un reportaje de abril de 1988 la revista Solidaridad.
La cantidad de afiliados al IWW declinó en los años 20, pero su patrón de acción directa resurgió en los años 30, cuando los trabajadores de Flint, Mich., hicieron huelga de brazos caídos en el trabajo. Las protestas de brazos caídos del IWW (“hacer huelga mientras trabajas”) tuvieron resonancia posteriormente en tácticas de algunas organizaciones sindicales para reglamentar el trabajo. En una entrevista reciente, Adler señala que la campaña de Justice for Janitors y las protestas masivas en Wisconsin tienen sus raíces en la tradición “Wobbly”, que es como se llamaba a los activistas del IWW.
Hill puede haber dado la vida mortal a la unión sindical, pero tal como aclara el libro de Alder, su espíritu vive. “Nunca murió”, como dice la canción.
Escrito por Dave Elsila.
Elsila fue editora de Solidaridad y asistente de dirección del Departamento de Relaciones Públicas de la UAW de 1976 a 1998, año en que se retiró. Es miembro del Sindicato Nacional de Escritores, UAW Local 198